Hemingway y los gatos polidáctiles

Hemingway y los gatos polidáctiles (la leyenda).

Un gato blanco, con seis dedos en todas las patas (una condición genética llamada polidactilia), llegó a la Finca Vigía una mañana tibia del año 1930. Hemingway lo sostuvo, lo observó en silencio, sonrió y lo llamó Snowball. El gato caminó por los corredores como si ya los conociera. Se detuvo al avanzar hacia los jardines y levantó la cabeza con una maña que fundaba como costumbre.

Se dice que Hemingway creía que los gatos traían buena suerte, en especial para los marineros. Por eso, permitió que se multiplicaran; los cuidaba y permitía que deambularan libremente por su propiedad. Dormían sobre las mesas, cruzaban el estudio mientras la máquina de escribir martillaba el papel… Hemingway les puso nombres de reyes, de santos, de amigos perdidos. Él escribía de sangre, de guerras y de hombres rotos; ellos respondían con su silencio.

Los visitantes, los amigos, decían que había demasiados gatos en La Vigía. Pero Hemingway pensaba que los gatos custodiaban la frontera entre el ruido del mundo y la quietud necesaria para escribir. Cuando el cansancio lo vencía, dejaba el manuscrito y salía al patio. Los felinos le seguían. Bajo el cielo cubano, todos le parecían iguales: el hombre herido por la vida y los animales intactos, mirando la noche sin pedirle nada. Allí, en ese umbral, la soledad se volvía compañía.

Hemingway se fue, la casa quedó en silencio, pero no vacía. Los gatos permanecieron caminando los mismos corredores, durmiendo bajo las mismas mesas, multiplicándose como si el tiempo no los tocara. Snowball ya no estaba, pero sus descendientes sí, con seis dedos y la misma calma soberana. Los cuidadores del museo aseguran que los gatos aun “rondan” la casa, como si Hemingway siguiera presente. El escritor se volvió leyenda y sus gatos, memoria.

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